Underwood girls

Quietas, dormidas están,

las treinta redondas blancas.

La primera vez que leyó estos versos de Pedro Salinas no supo a qué se refería el poeta. Avanzó por el poema como por un laberinto, a tientas, en una suerte de adivinanza que sólo al final fue capaz de descifrar. Underwood girls. Las chicas de Underwood. Se trataba de una marca de máquinas de escribir y las chicas eran, pues, las teclas. Treinta redondas blancas. Ella parecía haberse quedado dormida, con la cara apoyada sobre la mesa, junto a una máquina de escribir. ¿O no lo estaba y cerraba sus ojos recordando o intentado que alguna idea le lanzara contra el mundo vacío? Llevaba tiempo queriendo escribir un cuento y no conseguía que la inspiración acudiera en su auxilio. Recuerda que pensó: qué raro, si yo siempre escribo con el ordenador, cómo es que estoy intentándolo una y otra vez con una máquina de escribir portátil, que ni siquiera es Underwood.

Otro papel arrancado del rodillo, una superficie surcada de arrugas, de huellas inútiles, de dobleces sin sentido, arrojado a la papelera. Otro intento fallido. Y creyó continuar intentándolo, buscando una historia, los surcos de un relato, soñando un cuento entre los pliegues sin letras de las sábanas.

Cuando despierte, comprobará que no hay máquina de escribir, ni cuento, y habrá de intentarlo de nuevo.

Texto: Lorenzo Cabrera